Canonización

Más de 15.000 miembros de la familia marista se dieron cita en la Plaza de San Pedro el 18 de abril de 1999 para asistir a la ceremonia de canonización de Marcelino Champagnat. Cerca de 100.000 personas presenciaron en directo su proclamación de santidad.

 

18 de abril de1999: por fin, San Marcelino


Más de 15.000 miembros de la Familia marista, entre ellos 900 hermanos, se dieron cita en la Plaza de San Pedro el 18 de abril de 1999, para asistir a la ceremonia de canonización de Marcelino Champagnat, fundador del Instituto marista. Cerca de 100.000 personas presenciaron, en vivo y en directo, la proclamación de santidad por parte de Juan Pablo II, de Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni. Concelebraron con el Papa tres cardenales, diecisiete arzobispos y obispos y dieciséis superiores de congregacioness religiosas y sacerdotes; entre ellos estaba Javier Oyarzun, sacerdote de Pamplona, afiliado al Instituto marista.

A las ocho, la Via della Conciliazione, Via di Porta Angélica y Via delle Fornaci eran ríos de gente que acabarían inundando la grandiosa plaza de San Pedro.

Había alegría en los ojos y en los corazones de la gente y colorido en las pañoletas que portaban como señas de identidad. Verde y naranja eran los colores predominantes de las pañoletas y viseras que llevaban distintos grupos de la Familia marista.

 

Veintiséis mil sillas


Los servicios del Vaticano habían instalado en la plaza de San Pedro 26.000 sillas. A la Familia marista le correspondieron 12.500 sillas. Entre los asistentes se encontraban los obispos de Tarragona (Luis Martínez Sistach), de Huelva (Ignacio Noguer), auxiliar de Bilbao (Carmelo Echenagusía) y el dimisionario de Murcia (Javier Azagra).

La entrada era gratuita, pero sólo tenían derecho a asiento quienes portaban la correspondiente tarjeta que distribuían las congregaciones respectivas. La mayoría de la gente se tuvo que contentar con presenciar de pie la ceremonia. También había gente en las galerías que hay sobre la columnata de la plaza.

 

Mano de santo


Los partes meteorológicos anunciaban lluvia el l8 de abril, en Roma, pero todos esperaban que los tres nuevos santos -Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni- pusieran su mano debajo de las nubes para que la ceremonia de su canonización no quedara deslucida. Y así, aunque cayó un chaparrón minutos antes de empezar la misa y hubo que volver a sacar los paraguas después de la comunión, durante la ceremonia lució un sol tibio de primavera romana.

 

Lleno hasta la bandera


Las imágenes de los tres nuevos santos colgaban en los andamios que velan el majestuoso retablo que compone la fachada de la basílica de San Pedro. Ellos llegaron con dos días de anticipación para evitar que los problemas del tráfico de una ciudad en obras con miras al Jubileo del año 2000 les impidiera ser puntuales a la cita. El retrato de la canonización es obra de «Goyo», el pintor que mejor ha sabido retratar el alma de Marceino Champagnat.

A las nueve y media pasadas dio comienzo la preparación espiritual para la ceremonia. Saltaron al aire los primeros cánticos, los primeros aplausos y los primeros vítores. A estas horas, la plaza de San Pedro estaba ya llena.

 

Hermano Benito Arbués


El H. Benito Arbués, Superior general del Instituto marista, ocupaba un sitio preferencial junto al altar instalado sobre la escalinata de la basílica de San Pedro. A uno y otro lado del altar estaban las personalidades eclesiásticas y diplomáticas invitadas expresamente para la ceremonia.

A las diez menos cinco, Juan Pablo II, encorvado por el peso de los años y las enfermedades, apoyándose en el báculo para caminar, salía de la basílica de San Pedro presidiendo el cortejo de obispos y sacerdotes que iban a concelebrar con él la eucaristía de la canonización. La coral, magnífica de voces y de sonido, dio el tono a la fiesta con el canto inicial del «Jubilate Deo in voce exultationis, alle-luia».

 

Santo, Santo, Santo


Tras el acto penitencial, se cantaron las Letanías de los Santos para dar paso al rito de la canonización. Juan Pablo II, conferido de la máxima autoridad papal, pronunció las solemnes palabras: «Declaramos y definimos santos a Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Livia Pietrantoni.»

Eran las diez y veinte del l8 de abril de l999. El Sol iluminaba los rostros de los tres santos elevados que colgaban sobre los andamios. En ese momento, las manos echaban chispas y los aplausos y las pañoletas sobrevolaron largamente por entre la multitud.

El hermano Gabriel Andreucci, Postulador de las causas de los santos maristas, a cuyos buenos oficios se debe, en buena parte, que Marcelino Champagnat subiera ese día a los altares, escuchó de pie ante el Papa la declaración de santidad del fundador del Instituto marista. Después, felicitaría a Juan Pablo II por los tres nuevos santos y en particular por haber hecho santo al fundador del Instituto marista.

 

Ofrendas de un icono y una casulla


La liturgia contemplaba el canto del Evangelio de Lucas (24,l3-35), en latín y griego. Con esta doble versión se quiere expresar que el Evangelio hunde sus raíces en el origen de su escritura y en la primitiva Iglesia de la cual la actual es continuación.

La Familia marista tuvo una participación destacada en el ofertorio de la misa. Los hermanos Georges Vidalis (Grecia) y Roshan Silva (Sri Lanka) presentaron una cruz con iconos esmaltados del siglo XI, realizada por el hermano Onorino Rota, y dos seglares, Llinda Corbeil (Canadá) y Melchor Pacheco (Uruguay) una casulla, con las mismas imágenes que la cruz.

Estas ofrendas quedarán en los museos vaticanos como recuerdo de la canonización de Marcelino Champagnat.

La homilía, breve pero densa, en italiano y francés, fue interrumpida por los aplausos de unos y de otros a medida que Juan Pablo citaba o aludía a los tres nuevos santos y a sus respectivas congregaciones.

 

Bendición con agua del cielo


Apenas finalizada la comunión de los fieles, la lluvia volvió a hacer acto de presencia. Los paraguas ayudaron a interiorizar la comunión de los santos.

Juan Pablo II impartió la bendición final con agua del cielo, que en ese momento caía copiosamente. Agua milagrosa para fecundar el compromiso que conlleva para la Familia marista la canonización de Marcelino Champagnat. Eran las doce de la mañana pasadas.

El Papa entonó el «Regina Coeli» que sirvió para dar gracias a la Buena Madre por la parte que le corresponde en el hecho de que Marcelino Champagnat, Juan Calabria y Agustina Pietrantoni fueran lo que fueron y llegaran adonde han llegado.

 

Despedida


Antes de retirarse, el Papa felicitó personalmente a los Superiores generales de las respectivas congregaciones de los nuevos santos. El H. Benito Arbués, visiblemente emocionado y con la conciencia de estar asistiendo a un momento histórico para la Familia marista, agradeció al Papa que haya reconocido la santidad de Marcelino Champagnat.

Al abandonar el Papa la plaza de San Pedro, en coche negro, los aplausos despidieron a Juan Pablo II que se retiraba, cansado pero feliz, a sus habitaciones.

 

Homilía del Papa: Un corazón lleno de fuego


"Marcelino Champagnat fue un sacerdote cautivado por el amor de Jesús y de María.
Gracias a su fe inquebrantable, permaneció fiel a Cristo, incluso en las dificultades, en medio de un mundo vacío del sentido de Dios.
También nosotros estamos llamados a sacar nuestra fuerza en la contemplación del Cristo resucitado, aprendiendo en la escuela de María.
San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón lleno de fuego. Fue sensible a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que se daban de modo especial en la juventud. Su sentido pastoral es ejemplar para los sacerdotes; llamados a proclamar la Buena Noticia deben ser para los jóvenes que buscan sentido para su vida, verdaderos educadores que acompañan a cada uno en su camino y les explican las Escrituras.

El padre Champagnat es también un modelo para los padres y educadores ayudándoles a mirar con mucha esperanza a los jóvenes, a amarlos con amor total que favorezca una verdadera formación humana, moral y espiritual.

Marcelino Champagnat nos invita también a ser misioneros para dar a conocer y hacer amar a Jesucristo, como lo hicieron los hermanos maristas hasta los confines de Asia y Oceanía. Con María como guía y madre, el cristiano es misionero y servidor de los hombres. Pidamos al Señor tener un corazón tan ardiente como el de Marcelino Champagnat para reconocerle y para ser sus testigos".

 

Proclamación de la santidad de Marcelino Champagnat


Honra de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica e incremento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y la nuestra, después de haber reflexionado ampliamente, invocado repetidas veces la ayuda divina y escuchado las opiniones de muchos hermanos nuestros en el episcopado, declaramos y definimos santos a los beatos Marcelino José Benito Champagnat, Juan Calabria y Agustina Livia Pietrantoni, los inscribimos en el catálogo de los santos y establecemos que sean devotamente honrados como tales en toda la Iglesia. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.